El apoyo social en la vejez está también íntimamente relacionado al trabajo.
El trabajo no solamente permite desarrollar una actividad sino el desarrollo o mantenimiento de una identidad. En México, existe una cantidad importante de personas desempleadas en esta edad que están aún en condiciones de desarrollar algún tipo de actividad laboral. Pero la vejez es una edad que poco a poco se ha situado como una etapa de descanso, de poca actividad o se ha asociado a la jubilación.
El
trabajo como productor de una identidad va más allá de las posibilidades
físicas personales e incluye tanto el reconocimiento social como el desarrollo
personal.
Sin
embargo, no existen en México políticas públicas destinadas a generar
oportunidades de empleo a las personas en la vejez y que busquen disminuir el
grado de pobreza en el que muchos de ellos se encuentran. No existe en el
gobierno federal un programa formal destinado a generar oportunidades de empleo
de forma directa para personas mayores de 60 años y las condiciones del trabajo
para ellos son precarias.
En México, según datos del censo de población del año 2000, más del 50% de la población masculina de entre 60 y 70 años se mantenía trabajando y, en el caso de las mujeres, solamente alrededor del 15%.
El
sistema básico de atención al ingreso para esta edad, el de la jubilación o
pensión, no es suficiente y deja desprotegida a la mayor parte de la población
de este sector. Además, el trabajo remunerado no logra tampoco satisfacer las
demandas más importantes de esta edad. La prioridad en los programas federales
y estatales de gobierno para este grupo etáreo se centra en su mayoría en la
salud y el ingreso, pero no existen oportunidades que posibiliten la creación
de espacios de participación y autogestión.
En
los últimos 15 años, en México se han implementado programas sociales para
atenuar los riesgos económicos a los que está expuesta la población adulta
mayor; tales programas han enfrentado el dilema de enfocarse en población que
vive en pobreza extrema de todo el territorio nacional.
La
capacidad de aprendizaje que tiene cada individuo está directamente relacionada
con su capacidad intelectual y oros factores, entre los cuales destacan los
motivacionales. Existen en la actualidad demasiados tópicos, sin duda erróneos,
sobre el envejecimiento, y uno de estos tópicos es que al alcanzar una cierta
edad una persona es “demasiado mayor para aprender”. Esta sentencia carece de
total sentido, más aún cuando la persona tiene menos de 60 años, pero ¿Qué
ocurre con las personas mayores de sesenta años?
Sucede
que su capacidad de aprendizaje continúa siendo realmente amplia, sobre todo si
también se mantienen amplios los factores motivacionales de que cada uno
dispone.
Es posible, sin ninguna duda, aprender la misma clase de conocimientos y habilidades a los sesenta y cinco años que a los dieciocho. Hay factores, no obstante, que pueden influir en que se dé un detrimento en el rendimiento de la persona mayor, como por ejemplo la disminución de la agudeza sensorial (hipoacusia, déficit de visión), mayor fatigabilidad, etc.; pero ninguno de estos factores está directamente relacionado con la disminución en la capacidad de aprendizaje.
Es
decir, existen por supuesto ciertas facultades mentales que sufren el paso del
tiempo, como la memoria, la capacidad de concentración y la agilidad mental,
pero son facultades que pueden compensarse, por ejemplo, con una alta
motivación y un gran interés hacia la tarea.
¿Qué es la motivación y por qué es tan importante?
La
motivación es el deseo constante de superación. La motivación es intrínseca
cuando la persona fija su interés en el hecho de realizar una actividad por el
placer y la satisfacción que experimenta mientras aprende, explora o trata de
entender algo nuevo.
De
hecho, diversos estudios al respecto han demostrado que las personas de edad
avanzada son capaces de obtener niveles de conocimiento iguales o mayores que
los de las personas más jóvenes si disponen de una alta motivación para ello.
Se ha visto que un factor definitivo y concluyente parece ser el uso de estrategias de aprendizaje diferentes para las personas mayores, como por ejemplo el hecho de no tener tanto en cuenta la rapidez en la tarea, sino la calidad y el propio disfrute de la misma. Así pues, resulta maravilloso ver como una persona mayor estudia con mucho interés y constancia una lengua extranjera, o es capaz de interesarse apasionadamente por áreas tan variadas como la teología, el deporte (no solo físico sino también mental, como el ajedrez), la historia, la música, la pintura, la geografía, el bricolaje, la cerámica, el turismo, etc.
Así pues, resulta maravilloso ver como una persona mayor estudia con mucho interés y constancia una lengua extranjera, o es capaz de interesarse apasionadamente por áreas tan variadas como la teología, el deporte (no solo físico sino también mental, como el ajedrez), la historia, la música, la pintura, la geografía, el bricolaje, la cerámica, el turismo, etc.
Es
responsabilidad de todos fomentar que nuestros mayores realicen estas y otras
actividades, pues es bien sabido que una de las mejores formas de envejecer
consiste en iniciar el aprendizaje de una nueva tarea que abra la curiosidad
hacia otros horizontes.
Interesarse
por aprender cosas nuevas en esta edad es el mejor modo sin duda alguna de
luchar contra los sentimientos de soledad y contra el aislamiento; es la forma
de demostrarse a uno mismo que aún queda mucho por hacer y que la finalidad de
sus actividades ya no están, por suerte, en la obligación de aprobar una
asignatura o en la necesidad de sacar unas oposiciones o de obtener un ascenso,
sino en el propio “saber por saber”, en el disfrute de “aprender porque
disfruto aprendiendo, porque me interesa esta actividad de forma personal”.
La participación activa en actividades culturales resulta fundamental para mantener una buena capacidad intelectual. La mente debe ser ejercitada del mismo modo que el cuerpo. La inteligencia de una persona no se detiene a ninguna edad determinada. Factores individuales como la creatividad y la curiosidad del ser humano pueden y deben seguir desarrollándose siempre.
No
existe ninguna duda de que la inactividad física provoca enfermedades y
rigideces musculares que conllevan a un rápido deterioro del organismo. Esta
realidad no se limita sólo al cuerpo, sino también y con una gran magnitud a
las capacidades mentales.
Consecuentemente,
la educación y la formación no debe tener límite de edad, debe ser permanente,
ya que es una realidad que a cualquier edad el ser humano se siente gratificado
por el conocimiento “per se”, por el propio enriquecimiento personal que le
aporta interesarse por una materia y exprimir de ella todo el contenido
posible.
Como
dijo una vez un sabio “lo interesante del viaje no está en la llegada sino en
el propio camino”…







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